Aquí en la Esma se produjo un crimen contra la humanidad

Varios nos dicen que estamos locos, pero cuando tenemos unos días de descanso y algo de plata nos gusta ir a Buenos Aires.

Es una ciudad alocada pero que bien descubierta y quitándonos de encima los efectos de los bombardeos mediáticos diarios de la inseguridad, ofrece de todo. En la Ciudad de la Furia de Cerati conviven ultrarricos junto a pobres, las marcas más apreciadas del mundo y las ferias de baratijas, el glamour del Teatro Colón y el esfuerzo de un unipersonal en el subte.

Buenos Aires es maravillosa y obviamente tiene sus puntos turísticos bien aceitados.

Sin embargo, algo que no en todos lados se destaca es el predio de 17 hectáreas de la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) reconvertido en Museo de la Memoria y que desde 2014 también alberga el Museo Malvinas.

“Mientras el Monumental gritaba los goles de Kempes, a veinte cuadras torturaban y desaparecían personas y se apropiaban de bebés”, es una frase tan cruda como descriptiva de la barbarie de la última dictadura cívico, militar, eclesiástica y económica en la Argentina.

Entrar a lo que hoy es un paseo obligado para los argentinos mayores de 12 años es una experiencia fuerte. Lo visitamos un miércoles por la mañana, luego de cruzar a pie la veloz avenida Del Libertador. A veces pareciera que la vorágine diaria impide a porteños y aledaños detenerse en esos puntos centrales de la historia reciente. Como que la realidad los encamina derecho y los ciega de visión periférica. “Los aliena”, aportaría la Escuela de Frankfurt.

Estábamos en la Esma. Al ingresar, muy gentilmente nos atendió una señora de unos 45 años, nos explicó las características arquitectónicas del sitio y cuáles edificios era indispensable visitar. Pasamos dos o tres hasta que fuimos al que realmente eriza la piel, que es donde funcionaba el Casino de Oficiales, hoy reconvertido en Sitio de la Memoria.

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Otro ingreso, opción de visita guiada y entrega de folletería. Luego el acceso hacia la derecha a la primera galería. Paredes descascaradas que no se pueden tocar porque son aún hoy evidencia del horror, dado que todavía hay militares siendo juzgados.

Cada rincón que se recorre tiene su contextualización en imagen, audio y video. Un mapa de la Argentina muestra los 600 centros clandestinos de detención. Allí, por supuesto, figura Viedma aunque extrañamente no la sede de la Policía Federal, sino lo que actualmente es la Casona Bachi Chironi.

Luego se ingresa a una galería imponente, donde esos rostros con nombres y apellidos te miran desde ningún lugar, te piden por favor que no abandones el reclamo de justicia, que no te conforme cualquier versión sino que busques la verdad y que ejercites y propagues la memoria.

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Hay algún sentimiento de solemnidad, como en una iglesia, pero el espacio no tiene nada que ver con lo religioso. Es un escenario de respeto. Mirás cada cara e intentás abandonarte concientemente a la teoría de los dos demonios, pero es imposible. Esa señora a la que torturaron e hicieron desaparecer tenía 68 años. ¿De qué terrorismo subversivo me hablan? Al final tenía razón el Pelado Cordera: “subversivo el que no se la banca”.

Más tarde viene el sector más descarnado de la miseria humana que se puede ver en estas tierras. Supongo que debe ser impactante Auswitch, pero lo que se ve en Capucha y Capuchita, que no es otra cosa que el altillo del edificio, es fuertísimo. En cada “celda” improvisada se colocaba a dos personas encapuchadas, con grilletes en manos y pies, en una suerte de cajón de velorio de dos metros por setenta centímetros y se los disponía de manera tal que la cabeza de uno diera con los pies del otro, para evitar cualquier atisbo de diálogo mientras eran vigilados por los carceleros de turno. “No sólo estábamos desaparecidos y presos en un edificio, también estábamos presos en nuestro cuerpo”, relata un testimonio de un sobreviviente en el Juicio a las Juntas.

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Después la visita a la “maternidad”, donde la pregunta sobre cómo podían nacer allí bebés aún no tiene respuesta.

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Hacia abajo, las oficinas de Los Jorges (integrantes de los grupos de tareas con el Tigre Acosta como uno de los más célebres asesinos), la Casa del Almirante, el Sótano (donde funcionaban la sala de torturas y trabajo forzado) y finalmente el sector de los Traslados, donde los prisioneros iban adormecidos a su vuelo eterno.

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La reconstrucción del camino siniestro es contada así: “El detenido-desaparecido era ingresado al centro clandestino y conducido al Sótano, donde se lo sometía a torturas con el objetivo de obtener información. Luego del interrogatorio era llevado a los espacios de reclusión ubicados en el tercer piso: Capucha o Capuchita. Una vez que los represores decidían el destino de los prisioneros los trasladaban nuevamente al Sótano, donde, formados en fila, les inyectaban pentotal para adormecerlos antes de los vuelos de la muerte”.

Hay un dato clave que enmarca todo el debate sobre el perdón a los genocidas o al insistente llamado a la reconciliación: Las Fuerzas Armadas nunca suministraron información sobre qué sucedió con cada uno de los detenidos-desaparecidos. Mucho menos qué hicieron con los bebés que faltan. Toda la reconstrucción histórica fue realizada por las víctimas de la represión ilegal del Estado y algún ocasional “arrepentido” como el capitán Adolfo Scilingo.

“En la Esma estuvieron detenidos-desaparecidos unos 5 mil hombres y mujeres, militantes políticos y sociales, de organizaciones revolucionarias armadas y no armadas, trabajadores, gremialistas, estudiantes, profesionales, artistas y religiosos. La mayoría de ellos fueron arrojados vivos al mar.

“En la Esma la Armada planificó secuestros y llevó a cabo asesinatos de manera sistemática. Mantuvo a los prisioneros encapuchados y engrillados. Los torturó. Los desapareció”.

“En la Esma nacieron en cautiverio niños que fueron separados de sus madres. En su mayoría fueron apropiados ilegalmente o robados. Muchos de ellos son los desaparecidos vivos que aún seguimos buscando”.

“Aquí, en la Esma, se produjo un crimen contra la humanidad”.

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PD: Acá te dejo el Instagram y el Facebook del Sitio de Memoria Esma.

 

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