La trampa de la política de “escuchar a lajente” para no hacerse cargo de las decisiones

Nuestro sistema democrático, además de (no tan) Republicano y (bastante menos) Federal, es Representativo. Eso quiere decir que nosotros, el demos, les entregamos a terceros semejantes la responsabilidad de tomar decisiones durante un período determinado, generalmente cuatro años.

Es la periodicidad de los mandatos de quienes representan a las distintas expresiones políticas e ideológicas una parte central del sistema democrático. La militancia constante para presentar una oferta electoral atractiva a las mayorías completa este cuadro de participación popular en el gobierno de la cosa pública.

Esa toma de decisiones del pueblo, como está escrito más arriba, es in-directa. Incluso cuando esas decisiones sean de lo más controvertidas y hasta contrarias a la plataforma electoral que llevó a algún político a la cabeza de un Ejecutivo cualquiera. Ejemplo:  “Si yo decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie” es una frase que se le adjudica a Carlos I de La Rioja. La brutalidad de sus diez años de gobierno neoliberal entrañó muchas decisiones fuertísimas en su primer período de gobierno, como indultos a genocidas, privatizaciones de servicios públicos y hasta una reforma de la Constitución. El rasgo democrático estuvo dado en que en 1995 el pueblo le dio un mandato más en el que completó un modelo que eclosionó dos años después de que Carlos I dejara el poder. Antes también había tenido que sortear elecciones legislativas en 1991, 1993 y 1997, donde el electorado ya empezaba a darle la espalda.

En Río Negro, las últimas decisiones fuertes fueron megasueldos, disponibilidad y derogación de la ley anticianuro, todo un mismo día y a 19 jornadas de que Carlos Soria había asumido la gobernación.

Hay innumerables casos similares que harían demasiado largo el post. Sin embargo, últimamente parece haber un cambio al menos en quienes actualmente gobiernan u ostentan cargos en nuestro terruño.

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Por caso, el intendente de Patagones José Zara intenta conformar a todos para realizar una obra de semipeatonalización de la calle comercial principal de la cabecera del partido. Su intención puede ser loable, pero el resultado del consenso absoluto es imposible. Y de eso, precisamente, se trata la democracia, del gobierno de las mayorías respetando las minorías. Y las mayorías eligieron a Zara para que Zara tome las decisiones. Ya habrá, en octubre mismo de este año, un mecanismo para “tirarle las orejas” al intendente en las Legislativas, o darle la espalda en las de la jefatura comunal de 2019.

En Viedma también hay. Mientras que difícilmente a Jorge Ferreira se le hubiera ocurrido hacer una consulta popular para expropiar la Manzana Histórica, José Luis Foulkes se enmaraña en buscar consensos imposibles para ver de qué lado está “lajente” e incluso evita forzar al Concejo Deliberante en decisiones que debieran ser un mero acto administrativo, como usar un espacio inservible para agrandar el cementerio y que en un momento de dolor extremo los familiares de un muerto no tengan que esperar dos o tres días para enterrar el cuerpo de su ser querido. Con la casi extinta polémica por la venta de tierras de Sol de Mayo para emplazar el Casino y un proyecto turístico pasó algo similar: en vez de avanzar en sus convicciones, el Ejecutivo se mostró con dudas y navegó sobre la nada.

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Con la planta nuclear que quién sabe si algún día se instalará en Río Negro, el gobierno provincial muestra dubitaciones similares. Si realmente Weretilneck y su gabinete creen que es algo favorable y no entraña riesgos ambientales, deberían no sólo no evitar el tema en campaña electoral, sino promoverlo e intentar convencer a los muchos, muchísimos indecisos o faltos de información de que se trata de una iniciativa que puede cambiar para bien la realidad del tan chato y olvidado este rionegrino. De hecho, cuando Cristina Fernández de Kirchner firmó lo acuerdos nucleares con China del que la planta nuclear rionegrina es consecuencia directa, muy lejos estuvo de hacer una consulta popular nacional para ver quién estaba en contra y quien a favor. Y difícilmente alguien en la provincia de Buenos Aires deje de votar a CFK estas elecciones por su plan nuclear, que a la vez da continuidad a un proyecto histórico de Juan Domingo Perón, otro que no consultó a ningún descamisado si quería o no desarrollar Atucha.

Es probable que quien se tome el trabajo de leer estas líneas esté tentado a pensar que reclamo que los políticos no escuchen a la gente, al revés de los postulados naif de las campañas mediáticas de Cambiemos (y sus absurdos timbreos guionados) o Sergio Massa. Pero no es así. Cuando el político dice que “escucha a la gente (lajente)” huye de su verdadera responsabilidad en la toma de decisiones. El Siglo XXI no da tiempos para una democracia asamblearia ateniense y las redes sociales no son un universo total y absoluto. Más bien, el requerimiento es que, sea una cuadra de reasfalto o la instalación de una planta nuclear, los conductores del aparato burocrático que rige a la sociedad, o sea, el Estado, tomen decisiones haciéndose cargo de ellas, asumiendo los costos y beneficios, y que sea el pueblo a través de su voto y no “lajente” y su construcción de “sensaciones” quienes evalúen administraciones periódicamente para respaldarlas o cambiar de rumbo.

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