Atahualpa, esa ausencia tan presente

Aquel domingo 15 de junio de 2008 cerca del mediodía nos enteramos de una noticia trágica. Dos hermanitos habían muerto quemados en una casilla del barrio Lavalle. En el lugar recogimos datos impresionantes: uno de ellos fue encontrado debajo de la cama y el otro dentro de un placard. Habían buscado guarecerse del fuego.

Por más que hayamos cubierto varias tragedias, cuando hay chicos de por medio el ánimo pesa. Se siente el pecho oprimido.

Mientras preguntábamos datos sobre las circunstancias de esa tragedia total, uno de los policías aportó un dato: “Apareció un cuerpo en la zona de la usina. Un asesinato”.

No podía ser un peor día del padre. Llegamos a la usina y el cordón de seguridad ponía un stop. A lo lejos (¿50, 100 metros?) se veía un bulto en el piso y policías uniformados y de civil caminaban, hablaban por teléfono y también se veían algunos funcionarios judiciales.

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Al otro día las noticias brindaban más espacios para los dos chiquitos calcinados que para aquel crimen de un joven de 19 años con un nombre poco habitual: Atahualpa Martínez Vinaya.

La precariedad en la que viven miles de viedmenses en la periferia no ha cambiado mucho en nueve años. Esa tragedia de los chiquitos Emanuel (de 4 años) y Daiana (de 1) podría repetirse en cualquier invierno de estos porque las circunstancias estructurales no cambiaron para cientos de familias. De hecho, ni bien comenzados los primeros fríos de este año en la toma del barrio Inalauquen resultaron heridos gravemente dos nenes.

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En cambio la lucha admirable de Julieta Vinaya, la mamá de Atahualpa, sostiene en la memoria colectiva que en la Viedma que vivimos se le puede disparar a un joven en cualquier lugar, trasladarlo malherido a un (no tan) descampado, tirarlo como si fuera una bolsa de residuos, dejarlo morir y así y todo seguir viviendo en libertad.

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Gracias a Julieta Vinaya, aquel 15 de junio de 2008 ya no fue el día del asesinato de un joven más en Viedma, sino que a partir de esa fecha es el aniversario del segundo nacimiento de Atahualpa, que desde su ausencia tan presente nos interpela como sociedad y dispara su mirada hacia la justicia en el sentido amplio del término, no sólo en tanto Poder Judicial, sino fundamentalmente en cuanto a justicia social, para una sociedad más equitativa donde no sólo se mata disparando un tiro debajo de la axila, sino también desatendiendo las necesidades básicas y propiciando las condiciones para que una casilla de madera se convierta en una trampa mortal para dos criaturas inocentes.

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