Caso Karen: viaje a lo profundo de una madre que vivió el horror

karen 2Edith Miler es la mamá de Karen Alvarez. Karen tenía 14 años en octubre de 2014 cuando según la justicia Gustavo Mobilio y Pablo Guillermo Jofré la violaron y la mataron, dejando su cuerpo en cercanías del hipódromo de Viedma.

Junto al papá de Karen, de quien Edith está separada hace más de una década, el resto de la familia y cientos de vecinos que luego se transformaron en decenas y más tarde en unos pocos, lucharon para que se haga algo lo más parecido posible a la justicia. En febrero de este año se conoció la sentencia: prisión perpetua para Mobilio y Jofré.

Edith es empleada de la secretaría de energía y actualmente vive en calle Dorrego, en el barrio “Paterno”. “Llamame cuando estés afuera y salgo a abrirte”, me dice por teléfono cuando concertamos el encuentro. Llegué apenas pasado un mediodía de esta semana y me esperaban unos ladridos agudos de un perro petiso y gordo, con cara de pocos amigos pero que por suerte, según Edith “no hace nada”. Detrás de esta señora que tiene otros cuatro hijos de distintas edades, recorro el pasillo que da a un patio sobre el cual aparece una puerta a la que amablemente me invita a entrar

“¿Dulce o amargo?”, pregunta mientras pone la pava al fuego. Cuando ingreso al comedor tres imágenes me impactan. La más grande es un banner con una foto de Karen y su mirada tierna, inocente, eterna. La misma imagen se repite en otro cartel, más chico, que reclama “Justicia”. Finalmente, acompaña a esa escenografía un cuadrito que celebra el Día de la Madre.

Es imposible no observar en la cara de la mamá de Karen su dolor. Es evidente. No hace falta profundizar en su mirada. Así, sin más confianza que haber hablado una vez por teléfono, comienza la charla.

-¿Cómo pasás los días?

-Los paso. Un día mío es levantarme, irme a trabajar, volver y estar en mi casa, a no ser que tenga una actividad como una marcha o juntarme con algún familiar. Si no es eso no salgo. Si está alguno de mis hijos un fin de semana voy a lo de mi mamá.

-¿Aparece el recuerdo de Karen durante el día?

-Siempre. Ella a la mañana me sabía mandar mensajes, me contaba que estaba en la escuela, el recreo, que estaba en hora libre. Y ahora esos mensajes ya no están. Pero por una cosa o por otra siempre está el recuerdo de Karen. Ella no está físicamente pero está conmigo.

-En tu casa aparece en todos lados, en todas las fotos.

-Si. También en mi teléfono, en mi billetera. Llevo su nombre acá y acá (señala dos tatuajes en cada uno de sus antebrazos).

karen

Edith se emociona por primera pero no por única vez durante la charla. Seca sus lágrimas con una servilleta de papel mientras mira de reojo la pava en el fuego. Obliga a salirnos por un momento de Karen y hablar de los alrededores, los significados, las causas, las miradas, la sociedad.

-¿Qué te dejó y te deja tu sufrimiento en cuanto a la sociedad viedmense?

-Primero muchísima gente nos acompañó y les agradezco siempre. Después, a medida que va pasando el tiempo es como que la gente te va dejando sola. Aprendí que muchas veces no tenés que esperar de la gente. Tenés que seguir y seguir por más que no esté nadie a tu lado.

-¿Cuándo el tema sale de la agenda cuesta que el vecino se interese?

-Exactamente. Cuando ya no hay mucha difusión la gente se va olvidando, pierde el interés. A la primera marcha fuimos más de 500 personas, la segunda y la tercera 300 y después si éramos 40 es mucho. Está visto con el caso de Lucas Muñoz (N del R: el policía secuestrado asesinado en Bariloche), en la última marcha éramos 40.

-¿A vos también te cambió esa percepción? ¿Antes de lo que pasó con Karen vos participabas en las marchas?

-Lo de Karen me cambió. Pensaba lo que debe pensar todo el mundo todavía: “andá a saber en qué andaba metida” o “a mí no me va a pasar”. Yo veía los programas de Buenos Aires y decía que “acá esto no va a pasar”, pero desgraciadamente llegó el día que me pasó y empecé a tomar conciencia de que no tenemos que esperar que nos pase algo así para poder acompañar y estar al lado de las familias de las víctimas. Ojalá que esto no nos pase nunca más acá.

¿Te preguntás por qué? ¿Por qué a Karen, por qué a vos, por qué a tu familia?

-Si, me lo pregunto.

-¿Y qué te respondés?

-No tengo respuesta para eso. ¿Por qué a Karen si Karen no le hacía mal a nadie? Hasta me he echado la culpa. ¿Qué hice mal yo para que a mi hija le pasara eso?

-¿Cómo es ese planteo a vos misma sobre si tenés la culpa?

-En un momento decía que por culpa mía le pasó eso a mi hija. Me preguntaba sin tan mal me había portado en la vida para que a mi hija le hicieran esto. Pero no encontré respuestas. No tengo respuestas.

La conversación se interrumpe por microsegundos. Eternos microsegundos. Edith toma aire. Pienso rápido. ¿Qué podría hacer tan mal un padre o una madre como para tener semejante castigo? Como Edith, la respuesta no la encuentro. Es que no hay respuesta. No puede haber culpa de un padre o una madre cuando la atrocidad es tan grande. La culpa está en Mobilio y Jofré, en sus historias, en sus atormentadas e inexplicables psiquis.

Más de dos años de terapia lleva para intentar apaciguar el tormento. “Me ayuda bastante, me ha ayudado a salir adelante”, dice.

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¿Te imaginás a Karen hoy? ¿Pensás en cómo sería?

-(Sonríe) Con esa sonrisa picarona que ella siempre tenía. Nunca la ibas a ver seria. El 28 de julio cumpliría 17 años. Son recuerdos que cuando nos ponemos a hablar con mis hijos se nos caen las lágrimas.

¿Cómo están los hermanos? ¿Cómo vivieron todos estos últimos años?

-Eran muy unidos. Se peleaban, como todos los hermanos, pero estaban siempre juntos y la extrañan mucho. Se les ha hecho difícil, más cuando mi hija Micaela, que tiene a Tiago, de 7 años y se acuerda de su tía. Es difícil hacerle entender al nene que la tía ya no está. Es muy duro contarle lo que pasó.

* * *

La idea de “justicia” como concepto entra en crisis ante lo irreversible de una muerte violenta, un crimen donde hay culpables que el sistema penal prevé condenar. No hay reparación posible ante un asesinato. Entonces, ¿Se puede hablar de justicia en tanto no hay reparación? Si choco el auto contra otro y es culpa mía, el seguro se encargará de los arreglos del damnificado. Se hará justicia. ¿Pero en un crimen?

¿Creés que con las condenas a prisión perpetua para Mobilio y Jofré que se hizo justicia en el sentido amplio del concepto?

-Esto no es justo. La condena que logramos no me conforma, porque ellos siguen vivos. Yo estoy a favor de la pena de muerte en estos casos. ¿Qué es cadena perpetua? Ellos siguen viendo a su familia, siguen respirando. Mi hija no. Ellos pueden festejar un cumpleaños, comer una torta. Mi hija no. Yo a mi hija no la tengo. El 28 de julio, ¿Qué hago? ¿Le voy a prender una vela al cementerio? ¿Ver acá una foto de ella? Ellos van a poder, aún encerrados, estudiar, tener un oficio, trabajar. Ellos tienen esos derechos y a mi hija se los sacaron.

¿Cuánto creés que tuvo que ver el caso Karen con todo lo que se ventiló después sobre corrupción de menores, las detenciones, los juicios?

-El 40 por ciento de las causas que salieron después salieron gracias a lo que algunos testigos contaron en la causa de Karen. Esas causas me generan indignación, repugnancia. No podés entender cómo personas grandes pueden estar con nenas que pueden ser sus hijas. La chiquita del caso Bernardi prácticamente se crió con Karen, en el mismo barrio. Podría haber sido mi hija. Te da bronca, impotencia.

¿Pensás que cambió algo después del caso Karen?

-No. Siguen igual. Me enteré de chicas que tenían que ir a declarar y no tenían qué ponerse ni un tarro de leche para darle a sus hijos. ¿El Estado dónde está?

¿Qué mensaje le dejás a los padres y madres que creen que nunca les va a pasar, o que un caso así es por determinadas conductas o condición socioeconómica?

-Nos puede pasar a cualquiera. No es necesario andar en algo raro o ser de bajos recursos. Karen no andaba en nada raro. Tenía lo necesario, no le faltaba nada. Y sin embargo le pasó. Nosotros tratamos de cuidarla lo que más pudimos y no alcanzó. Siempre tenemos que estar atentos, ayudar a nuestros hijos. Las madres tenemos un sexto sentido y a veces tenemos que hacerle caso a ese sexto sentido. Tenemos que ayudarnos, participar, estar unidos como sociedad.

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El grabador se apaga y nos quedamos unos minutos más charlando mientras tomamos los últimos mates. Me cuenta de la investigación minuciosa que hizo el papá de Karen para dar con Jofré, hasta ahí un enigmático personaje con varias identidades que se ganaba la vida con actividades presuntamente ilícitas. “Se vistió de detective”, dice esta mamá sufriente.

Ya pasaron algunos minutos de la una de la tarde y seguramente Edith quiere almorzar. Me acompaña por el pasillo y me abre la puerta de rejas. El perro petiso y gordo de ladridos agudos está tranquilo, aguardando la hora de la siesta.

Edith habrá entrado de nuevo a su casa. Habrá mirado otra vez las dos fotos de Karen que visten su pared y el cartelito alusivo al día de la madre. Se habrá acordado nuevamente, como cada segundo de su vida, de esa hija que físicamente ya no está.

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